Viaje a la deriva

Una barcaza con inmigrantes africanos a bordo, cerca de la costa italiana de Lampedusa. (EFE)

Una barcaza con inmigrantes africanos a bordo, cerca de la costa italiana de Lampedusa. (EFE)

Por Blanca Blay

Centenares de cuerpos se acumulaban alineados uno al lado del otro, inertes, cubiertos con una tela de plástico oscura. Los pasajeros de la embarcación, la mayoría eritreos y somalíes, se encontraban a poca distancia de la orilla de la pequeña isla. Pretendían llegar a Europa en busca de una vida mejor.

Cerca de un año atrás, el 3 de Octubre de 2013, Italia se vistió de luto. Se oyó y se leyó en todos los idiomas: el drama de Lampedusa, la vergüenza de Europa. Al menos 366 personas murieron intentando cruzar el mediterráneo.

El entonces primer ministro italiano, Angelino Alfano, llamó a los socios europeos a cooperar: “esperamos que la Unión Europea se de cuenta que este no es un desastre italiano sino europeo”. Y es que aunque la Unión Europea es sólo una, la inmigración masiva de personas provenientes del norte de África o de Oriente Medio no afecta a todos los socios por igual. La mayoría de navíos salen con destino a Italia, Grecia, España o Malta, sus vías de entrada al continente en el que buscan refugiarse porque huyen de una situación, bien sea política o económica, que les impulsa a zarpar poniendo en peligro sus vidas, a la deriva.

Si bien el pasado Octubre Italia puso en marcha la operación “Mare Nostrum”, una operación militar y humanitaria dirigida a “proteger la vida en el mar y combatir el tráfico de seres humanos”, según describe la Armada italiana, poco se ha traducido en medidas concretas a a escala europea. Con un coste de 9 millones de euros al mes, la operación ha salvado a más de 40.000 personas. Sin embargo, no es suficiente ni es una responsabilidad compartida a la práctica. Aunque los países de la frontera sur sean sólo las vías de entrada para muchos, y no su destino final, siguen siendo estos países los que más necesitan de la cooperación en Bruselas.

En cualquier caso, la tendencia en Europa sigue centrada en la exclusión: construcción de vallas más altas –o incluso con cuchillas-, instalación de más material de vigilancia y mayor control de las fronteras, por no mencionar la falta de garantías y las devoluciones ilegales o las condiciones de algunos centros de internamiento de extranjeros. La UE necesita dedicar más esfuerzos a establecer políticas que contemplen como prioridad el respeto de los Derechos Humanos a la hora de regular el control de fronteras y gestión de los flujos migratorios. .

El coste en vidas humanas

Al menos 23.000 inmigrantes han muerto desde el año 2.000 intentando pisar Europa, según revela un informe de Amnistía Internacional (AI). Según datos de la Agencia de Refugiados de las Naciones Unidas, un total de 124.380 inmigrantes han llegado en embarcaciones ilegales a las costas europeas desde enero de 2014 (más del doble que en 2013), la mayoría de ellos huyendo de la guerra, la violencia y la persecución. Se calcula que Italia hospeda a más de 108.000, mientras que Grecia ha rescatado en sus fronteras a unos 15.000, España cerca de 1.800 y Malta unos 300.

Además, tal como indica AI en el informe, “debido al bloqueo mediante vallas de otras rutas de entrada a la UE más seguras, al aumento de la vigilancia y al despliegue creciente de fuerzas de seguridad, la gente se ve obligada a tomar rutas cada vez más peligrosas, a veces con trágicas consecuencias. Sufren violencia en las fronteras de la UE y se ven privadas de su derecho a solicitar asilo”.