Peor que Lampedusa

Por Cláudia Morán

Casi 400 inmigrantes murieron hace un año en Lampedusa cuando intentaban alcanzar la costa / Nino Randazzo - EFE

Casi 400 inmigrantes murieron hace un año en Lampedusa cuando intentaban alcanzar la costa / Nino Randazzo – EFE

Acaba de cumplirse un año de la tragedia en Lampedusa en la que murieron 368 personas inmigrantes intentando alcanzar la costa italiana. Y a pesar del impacto que aún perdura, lo cierto es que hay algo peor que Lampedusa. No, no me refiero a la supuesta avalancha de inmigrantes en el Mediterráneo, como dieron a entender muchas imágenes de la frontera entre Marruecos y España. Peor que Lampedusa son las 3.000 personas que han muerto este año intentando alcanzar Europa sin que nadie, ni siquiera después de la tragedia que sacó los colores a la Unión Europea, haya puesto los medios suficientes para evitarlo.

Los medios de comunicación y la falsa idea de avalancha

Peor que Lampedusa es la facilidad con la que se habla de “avalancha” para referirse a la inmigración. El desconocimiento y la falta de contexto, ligados a la impresión que nos provocan las imágenes de cientos de inmigrantes tratando de saltar una valla o de alcanzar una playa, son una mezcla peligrosa. Según Elena Sánchez Montijano, investigadora experta en inmigración internacional de Cidob, la inmigración que llega a España por Ceuta y Melilla “no es un drama de avalancha” y explica que entra “muchísima más gente” por los aeropuertos con visados de turista para después quedarse. Además, hace hincapié en la mala situación económica que atraviesa España, lo cual provoca que las redes de inmigrantes subsaharianos opten por países como “Bélgica, Francia o Alemania, donde hay algo de mercado de trabajo”.

Los medios de comunicación y la Guardia Civil han difundido imágenes de unos 1.000 subsaharianos tratando de saltar la valla, que han derivado en una cierta sensación de invasión en la sociedad española. También a raíz del escándalo de las pelotas de goma lanzadas por la Guardia Civil en febrero de este año en Ceuta, varios medios sacaron diariamente en portada cada movimiento de los inmigrantes. Así lo explica Jonathan Zaragoza, experto en ciencias políticas del Instituto Europeo Universitario de Florencia: “‘Gracias’ a que el tema de la inmigración en Ceuta y Melilla estaba en todos los titulares, cada vez que había un intento de cruzar por parte de 150 inmigrantes ‘El País’ y otros medios lo ponían enseguida en primera página”. Zaragoza también se muestra reacio a hablar de avalancha y hace referencia a los datos de entidades como FRONTEX, que reflejan cuántos inmigrantes llegan cada año a las costas europeas: “A Grecia y Turquía llegan unos 30.000 cada año, en cambio a Ceuta y Melilla llegaron unos 2.500 el año pasado”, y señala que el caso de Lampedusa sí puede dar “cierta sensación de invasión” porque su población no llega a los 3.000 habitantes y “les han llegado 80.000 en un año”, pero quiere recalcar que Lampedusa “es Unión Europea y es Italia”. En el caso de Melilla, que tiene 80.000 habitantes, explica que “que en diez minutos salten 1.000 da una imagen de avalancha, pero en términos generales tampoco es para alarmarse”.

Por otro lado, el ministro español de Interior, Jorge Fernández Díaz, dijo en su momento que había entre 40.000 y 80.000 subsaharianos esperando para entrar en España basándose, según Zaragoza, “en los ilegales que hay en Marruecos”. Sin embargo, el académico sostiene que “si realmente hubiese 40.000 esperando”, durante las 48 horas que Marruecos dejó de patrullar la frontera con España en el mes de agosto “tendrían que haber entrado los 40.000”, no obstante “llegaron 900”.

Otra cuestión a tener en cuenta sobre los medios de comunicación es el término “patera” para referirse a las embarcaciones en las que viajan los inmigrantes. Tanto Zaragoza como Sánchez Montijano coinciden en la proliferación de embarcaciones hinchables, las toy boats, más parecidas a las que podemos ver en cualquier playa en agosto y que cuestan unos 30 euros, más baratas pero muchísimo menos seguras que las pateras. Esto invita a reflexionar sobre por qué los inmigrantes se juegan la vida tan al límite. ¿Para robar el trabajo de los europeos? Y mi respuesta es que no, porque a ellos ya se lo han robado todo y no tienen nada que perder.

Los acuerdos paralelos: Marruecos-España

Uno de los aspectos más complicados de entender y más injustos para los inmigrantes son los acuerdos bilaterales en materia de fronteras entre determinados países, muchas veces al margen de la ley y de los acuerdos internacionales. El caso de Marruecos y España es uno de los más llamativos, especialmente desde la difusión de un vídeo donde se podía ver cómo los gendarmes marroquíes daban palizas a inmigrantes subsaharianos en territorio español. En este caso ambos investigadores destacan que el tratado entre Rabat y Madrid permite las famosas devoluciones en caliente de inmigrantes, a pesar de que esta práctica es contraria a la ley española de Extranjería.

Desde principios de los 90, España y Marruecos mantienen una cooperación fronteriza que ha desembocado en una “externalización de fronteras” y Jonathan Zaragoza está intentando demostrarlo en su tesis: “Los gendarmes marroquíes entran en territorio español para controlar la inmigración” (con sus propios métodos, claro está) y “España puede patrullar desde 2004 parte de las aguas marroquíes en patrulleras marroquíes”. Esto, unido a la falta de concreción sobre la territorialidad de las vallas (dónde empieza España y dónde acaba Marruecos) conlleva que, según Elena Sánchez, “la Guardia Civil y la gendarmería marroquí harán lo que les dé la gana y cuando haya un caso que llevar a juicio no sabremos si se puede juzgar o no por estar en un lado u otro”, de modo que “los derechos de los inmigrantes podrán seguir siendo violados como hasta ahora”.

La polémica surgida este año a raíz de las pelotas de goma lanzadas por la Guardia Civil y la de los gendarmes marroquíes usando una violencia desproporcionada en territorio español ha hecho que unos y otros hayan cambiado su “protocolo”. “La Guardia Civil permanece bajo la valla haciendo de muro humano”, indica Zaragoza, “mientras que Marruecos ya no invade el otro lado y espera a que sean los agentes españoles quienes les devuelvan a los inmigrantes”. Como consecuencia, se ha producido un nuevo fenómeno en el que “los inmigrantes se quedan entre 8 y 10 horas esperando en la parte de arriba de la valla, hasta que se rinden y bajan”. Y son devueltos a Marruecos.

Hay que tener en cuenta que estamos hablando de un acuerdo con un país, Marruecos, que no reconoce Ceuta y Melilla como territorios españoles, por lo que no todo es paz y armonía: “Da la sensación de que Marruecos está jugando hasta que España se canse de pelear por Ceuta y Melilla”, dice Sánchez Montijano. Además, varios medios publicaron hace unos meses que Marruecos chantajeaba a España con “abrir el grifo” de la inmigración si Madrid no hacía la vista gorda con las palizas a inmigrantes por parte de la policía marroquí. Y de hecho lo abrió durante dos días, aunque quizás fue por el incidente ocurrido entre la Guardia Civil y el monarca marroquí, Mohamed VI, cuando los agentes detuvieron la embarcación del monarca en una maniobra de control en Ceuta: “Casualmente, tres días después las 60 patrulleras marroquíes, que permiten que sólo lleguen en patera 2.000 inmigrantes al año, devuelve las patrulleras de salvamento durante 48 horas”, apunta Zaragoza.

La pobre actuación de la Unión Europea

Era lógico pensar que después de Lampedusa la actitud de la Unión Europea en materia de inmigración cambiaría. De hecho, se ha invertido mucho dinero en proyectos como Mare Nostrum o EUROSUR. El problema es que estas medidas están enfocadas a evitar las muertes de inmigrantes en el mar, pero no a eludir que tengan que huir de sus países de origen. “Tiene que haber una política seria de refugio”, señala Sánchez Montijano “esta gente debería tener derecho al asilo en Europa, pero no son tratados como refugiados porque no pueden pedir el refugio hasta que no llegan a los países de la Unión, con lo cual tienen que venir como irregulares”. Zaragoza, por su parte, opina que con el nuevo sistema de radares impulsado por la comisaria europea de Interior, Cecilia Malmström, “siguen muriendo inmigrantes” y que la crisis humanitaria en lugares como Siria, el norte de Irak y Mali, que genera importantes flujos migratorios, “seguirá, por mucho proyecto que se haga, a no ser que se regulen las guerras”.

Con todo, la falta de coordinación entre las partes, la carencia de soluciones efectivas y la imagen distorsionada que nos llega de la inmigración hace que el problema se multiplique. Un problema que siempre es más problema para quienes esperan tras una valla con la única idea de un destino que desconocen, pero que en cualquier caso les parece mejor que lo que tienen. Lampedusa fue horrible, pero no una pesadilla: esto es la realidad pura y dura, donde las personas son “ilegales” y el problema a abordar es una “avalancha”. Parece que la prioridad no es evitar sus muertes, sino a ellos.