Je suis musulmane

Millones de personas se manifestaron ayer en París contra el yihadismo / EFE

Millones de personas se manifestaron ayer en París contra el yihadismo / EFE

Yo soy musulmana. Lo digo sin ninguna vergüenza ni ningún matiz (salvo que no lo soy). El ataque a la revista Charlie Hebdo y sus reacciones posteriores han puesto de manifiesto algo que muchos, demasiados, se negarán eternamente a reconocer: los musulmanes no son la yihad, pero sufren a diario las consecuencias del terrorismo. Colectivos islámicos, dirigentes de varios países de mayoría musulmana y musulmanes a título individual se unieron ayer en París a la multitudinaria manifestación contra el terror. Asimismo, no han dejado de dar muestras de solidaridad desde que se inició la tragedia.

Los musulmanes que ayer protestaron contra el terrorismo son los mismos a los que señalamos por sus costumbres, sus rezos y sus pañuelos en la cabeza, y a los que les puede parecer mejor o peor que se retrate a su profeta. Los mismos que sufren a menudo ataques en sus barrios europeos. Los que en Francia vieron publicada esta portada de Charlie Hebdo, después de que en Egipto la dictadura militar hubiese asesinado a más de mil musulmanes egipcios. Los mismos que sufren a diario agresiones islamófobas en el país galo y en otros países europeos. Mientras, nuestros líderes en occidente (pero también los del “otro lado”) tratan de disfrazar su discurso racista con una falsa idea de “seguridad nacional”. En definitiva, nos dicen que sin “los otros” dentro de nuestras fronteras seremos más ricos y y estaremos más seguros. En occidente tenemos un problema mayor que el terrorismo, y se llama islamofobia.

Nuestros gobernantes están alimentando nuestro miedo con el yihadismo (como si no diera suficiente miedo por sí solo), sin embargo eluden mencionar casos como el del musulmán que salvó la vida de varios rehenes en el supermercado judío atacado un día después del atentado contra Charlie Hebdo. No he escuchado a uno solo de los líderes occidentales que ayer encabezaron la manifestación en París hacer un llamamiento claro por la paz social. Por contra, sí he oído cómo se llenaban la boca defendiendo la libertad de expresión, la cual muchos de ellos reprimen y persiguen en sus propios países.

Por otro lado, lo que ha ocurrido en la capital francesa ya es, tristemente, un demagogo argumento arrojadizo para líderes como Marine Le Pen o Benjamin Netanyahu contra un colectivo que desprecian. El miedo que nos crean nos está convirtiendo en un colchón social a sus políticas xenófobas. Recordemos que miles de inmigrantes mueren en las costas del sur de Europa cada año sin que las medidas europeas de inmigración lo solucionen, muy escasas y descafeinadas en sus aspectos positivos, e implacables en la catastrófica política de contención. Es más fácil alimentar el temor hacia los que vienen (“son miles, nos invaden”, “amenazan nuestras democracias”, “roban nuestro trabajo”) que ayudarles a vivir en paz en sus propios países, a que tengan oportunidades y no se conviertan en refugiados.

Si nos detenemos a pensarlo fríamente, los que suponen una amenaza para nosotros podrían ser precisamente los que nos gobiernan, a uno y otro lado. No dejan de crecer las voces que apuntan a que Estados Unidos, a través de la CIA, e Israel estarían detrás de la creación de Estado Islámico. Sea o no cierto, numerosos expertos han manifestado en muchas ocasiones que es muy difícil saber qué vínculos existen entre los servicios de inteligencia estadounidenses y sus homólogos en Afganistán y Pakistán, además de la relación con los gobiernos y los grupos terroristas de ambos países. Se explica muy bien en el documental emitido el pasado sábado por la noche en TVE, El padrino del terror. Y es precisamente en estos dos últimos países donde la población ha vivido, vive y sufre la amenaza diaria de los terroristas y los fanáticos de la religión. Como también sufren sus consecuencias en Europa y en todo el mundo los millones de musulmanes que, como nosotros, sólo quieren vivir en paz.

Urge enterrar el hacha de guerra. Mientras nos señalemos entre nosotros y nos echemos mútuamente la culpa de todas nuestras desgracias, estaremos legitimando una partida de ajedrez entre los intereses de unos y de otros. Intereses que poco tienen que ver con la “seguridad nacional”, pero mucho con el petróleo, la superioridad militar y la hegemonía mundial. Por eso yo soy atea, agnóstica, cristiana, judía, kurda, lesbiana, transexual, Charlie Hebdo, El Papus… Y hoy, más que nunca, yo soy musulmana.