Gervasio Sánchez: “A la gente le daba igual lo que pasaba en Bosnia”

Se oye de fondo el estruendo de las bombas que caen, una tras otra, cada poco. Esta terrible banda sonora persiguió a la población de Bosnia durante tres agónicos años de guerra. Gervasio Sánchez, conocido fotoperiodista español, ambienta con este sonido –grabado por él mismo- la exposición Antología, que muestra sus trabajos en distintas zonas del mundo, entre ellas, los Balcanes. Oficialmente, la guerra de Bosnia tuvo lugar entre 1992 –cuando se independizó de la antigua Yugoslavia- y 1995, cuando se le puso fin con los acuerdos de paz de Dayton. Sin embargo, hay cicatrices que veinte años después todavía duelen. Según la Escola de Cultura de Pau de Barcelona, entre 258.000 y 269.800 personas murieron o están desaparecidos. Para muchos la guerra no terminó en 1995.

En la exposición comentas que una guerra no termina hasta que no terminan sus consecuencias. En el caso de Bosnia todavía llegan cuerpos y hay una larga lista de desaparecidos. ¿Qué cosas tienen que cambiar?

Bueno, cambiar tiene que cambiar todo porque las instituciones políticas que hay ahora en Bosnia han sido hechas de una manera que prácticamente impiden el autogobierno efectivo. Estamos hablando de una duplicación de gobiernos y parlamentos que hasta ahora ha funcionado porque ha estado subvencionado por la comunidad internacional. ¿Qué país se puede permitir el lujo de tener dos estructuras complejas en un país pequeño como Bosnia?  Además, es un país en el que apenas hay acuerdos porque las dos comunidades –la serbobosnia y la croatomusulmana- viven de espaldas. Serbobosnia parece una provincia de Serbia y la parte croata de Bosnia parece una mini provincia de Croacia.

En 1992 un comandante dijo que sería imposible convivir después de lo que estaba ocurriendo. ¿De algún modo conviven?

Conviven relativamente. Sarajevo es una ciudad multiétnica, donde vivían una comunidad importante serboortodoxa, una comunidad minoritaria croata católica, una comunidad judía importante y una minoría mayoritaria de musulmanes, que eran ateos, o sea musulmanes como nacionalidad no como religión.  Muchos serbios y musulmanes laicos se han marchado. También lo han hecho la comunidad croata y la judía. Lo que ha llegado a la capital es muchísima gente que viene porque huye de zonas de las que han sido desplazados y que en vez de volver a sus regiones, controladas en estos momentos por la autoridad serbobosnia, se han quedado en Sarajevo. Es una ciudad que ha pasado de ser una ciudad multicultural a ser una ciudad plana totalmente. Conviven pero no conviven, o sea, no tienen relaciones. Muy rara vez, por ejemplo, en Mostar, hay ese tránsito. Si un musulmán se va a una discoteca croata, donde hay más libertad musical, siempre acaba mal. Este ha sido el triunfo de la limpieza étnica.

Una de las consecuencias de la guerra fue la fuga de capital intelectual y, a pesar de la inversión económica que se ha hecho para intentar tirar adelante y recuperar la economía, parece que el país no mejora demasiado.

Lo que es una evidencia, y lo dice alguien que va muy a menudo a Bosnia, es que en las comunicaciones, que son las carreteras principalmente, apenas hay trasvases de una comunidad a otra. Puedes recorrer kilómetros sin cruzarte con un solo camión. Eso no funciona. Ha habido una ruptura que no es ni siquiera étnica, porque son todos eslavos, cada uno con una religión pero no es étnico. No es como en Rwanda, que había dos grupos étnicos, hutus y tutsis.

¿Crees que todo esto es consecuencia de unos acuerdos de paz que no se hicieron bien?

El problema es que después de una guerra larga no hubo la paciencia para buscar soluciones a problemas que estaban presentes. Lo que hizo la paz fue legalizar las conquistas bélicas. Algunas comunidades, donde el 70 o 80 por ciento de la población era serbia, han quedado en manos de musulmanes y viceversa. Entonces, se ha hecho un mapa en función de las conquistas. Y eso es un error garrafal. Srebrenica, donde se entierran cada año cientos de personas, está bajo el gobierno de la República Sprska, y la ciudad más importante de la provincia de Bratunac es donde estaba el cuartel general de las milicias serbobosnias, de los asesinos, de los que violaron. ¿Cómo va a ser posible la paz?

Una de las críticas que hacéis periodistas que cubristeis la guerra van para España; aquí la gente no se movilizó como pasó por ejemplo con la guerra de Irak, y eso que era una guerra más cercana. ¿Por qué?

Pues porque aquí por ejemplo, se celebraron las olimpíadas en Barcelona en el 92 y apenas hay un interés por lo que pasa en Bosnia. Hay que ser honestos: a la gente le daba igual lo que pasaba en Bosnia. En Cataluña o en el resto del estado español, apenas hubo movilizaciones. En Cataluña, ‘Música per la pau’ era un grupo de los pocos que hizo algo, se juntaban los domingos delante de una iglesia para recordar que había una tragedia en Bosnia. El Ayuntamiento de Barcelona hizo algunas gestiones a nivel municipal pero el número de refugiados bosnios que llegaron a España fue minúsculo. La gente se buscaba la vida y oficialmente no hubo ningún tipo de interés por presionar a la diplomacia europea o movilizar a al gente para poner fin a al tragedia.

¿Hay algún día que recuerdes especialmente durante tu trabajo cubriendo la guerra?

Sí, hay muchos días y momentos. Te pongo un ejemplo: en diciembre del 92 nuestra traductora, Alma, no llegó por la mañana y yo estaba cabreado, tienes que llegar a la hora. Teníamos que trabajar intensamente por la mañana porque después no había luz y era complicado mandar la crónica. Total, como no venía, con un compañero, Alfonso Armada, fuimos a su casa y cuando nos vio llegar con el coche bajó corriendo y nos dijo: “Perdonad, perdonad, mi madre ha muerto y tengo que ir a buscar un ataúd. Subid a arriba si queréis”. Su hermana salió, nos llamó, subimos para arriba y nos encontramos a la madre muerta en el suelo. Nos quedamos clavados. Luego enterraron a la madre, dos días, y a trabajar otra vez.

Antes en la exposición [se refiere a la visita que ha hecho por la mañana a un grupo de alumnos de tercero de la ESO], los chavales me preguntaban si tenía miedo, si me habían disparado alguna vez, etc. Yo siempre evito responder a estas preguntas. Hay un vicio en esta profesión bastante generalizado de hablar más de lo que nos pasa a nosotros que de lo que pasa en el terreno. La guerra de Bosnia ha creado una mitificación peligrosa, desde mi punto de vista. Primero porque mucha gente probablemente se haya inventado su biografía. Hay que hablar de lo que pasa.

En el documental Imprescindibles comentas que esta profesión, concretamente el periodismo de guerra, ‘no sirve para casi nada’.

Ten en cuenta que eso lo digo estando dentro de la Biblioteca de Sarajevo, que es un lugar muy importante para mi y en una especie de reflexión donde aparece mucho de lo que tengo dentro agarrotado y que de repente suelto. Al final llegas a una conclusión: la cobertura fue muy buena, en general. El País tuvo una media docena de periodistas dando vueltas, entrando y saliendo de Bosnia. Hoy en día la cobertura de El País es un desastre. El Mundo lo hizo bien, TVE bastante bien, otros compañeros como Miguel Gil lo hicieron muy bien también. La guerra, al final, como digo en el documental, finaliza por cansancio, no por la intervención.

¿Qué opinas de que España no reconozca la independencia de Kosovo?

Evidentemente es un tema político, tienes situaciones complejas en España. Se podría decir, reconoces a Kosovo y no a Cataluña o País Vasco. La fragmentación de la antigua Yugoslavia ha creado una situación insufrible en esa parte. Croacia es el que se beneficia porque tiene una costa impresionante pero Serbia está hecho una mierda, Bosnia también, Macedonia un desastre, Montenegro más o menos porque es la continuación de la costa croata…

Yugoslavia ha pasado de ser un gran país formado por seis repúblicas independientes y dos autónomas a una fragmentación que no ha beneficiado al ciudadano medio en los Balcanes. Los bosnios han sido los grandes derrotados.

¿La gente está cansada de hablar de la guerra?

Sí. Yo no he conseguido, por ejemplo, llevar mi primer trabajo, con las fuerzas de Sarajevo, a la ciudad. La gente no quiere recordar. Tengo amigos allí y a veces les he llevado un libro con fotos mías de la guerra y pasan las páginas casi sin mirarlas. Cuando tomábamos fotografías, al principio de la guerra,  nos dejaban porque pensaban que nuestras fotos podían ser una denuncia y poner fin a esta. Claro, después…ya no.