Nos olvidaremos de Nepal

Varias personas intentan rescatar a un hombre de entre los escombros de un edificio derrumbado por el terremoto en Nepal / EFE

Varias personas intentan rescatar a un hombre de entre los escombros de un edificio derrumbado por el terremoto en Nepal / EFE

Cifras, otra vez cifras. Un temblor, miles de hogares y miles de vidas que se derrumban. Vidas que se convierten en un baile de cifras a medida que pasan las horas, pero son vidas, personas, al fin y al cabo. Han sido horas interminables de temblores y réplicas que convierten vidas humanas en polvo y escombros; otras tantas, las que sobreviven al desastre, se vuelven un infierno para salir adelante. Pero esto no es Estados Unidos ni Europa, esto es Nepal y en unos días lo habremos olvidado.

La naturaleza tiembla, erosiona, arrasa civilizaciones, escupe lava y nos recuerda una y otra vez quién es la que manda, además de lo pequeños y vulnerables que somos. Así ocurrió en Haití, en Filipinas, en Indonesia, Sri Lanka, India y Tailandia y próximamente podría pasar en Chile. Nos impacta, claro que sí, y de una forma brutal, porque en la parcela del mundo en la que nos ha tocado vivir no vemos esas cosas todos los días. Nos impacta, claro está, durante unas horas. Y recordaremos esos desastres naturales y por lo tanto humanos de pasada, cuando se cumpla el primer, quinto o décimo aniversario del “desastre que conmocionó al mundo”. Porque no, esto no es la maratón de Boston, es la cara menos afortunada del mundo y por ello estamos destinados a olvidarla.

Tal como han destacado diversos medios hoy, en el terremoto de Nepal ha muerto un importante ejecutivo de Google. También han fallecido decenas de alpinistas por avalanchas originadas en la cordillera del Everest. Gracias a su rango y a su nacionalidad, estas víctimas tienen nombre y apellidos en los medios. El resto son números, pero hay que hablar de esos números porque, aún sin identidad, también son personas.

La ONU ya lo advirtió hace años: los desastres naturales afectan más a los pobres y el nivel de desarrollo de un país está estrechamente ligado al número de víctimas. La Estrategia Internacional de Reducción de Desastres, un organismo de Naciones Unidas, ofreció un dato clave: entre 1975 y 2000, el 94% de las muertes provocadas por fenómenos naturales correspondieron a personas pobres. Por eso no es extraño que Centroamérica, Sudamérica y el sudeste asiático sean siempre las regiones más masacradas por la naturaleza. Y lo peor es que esto se está agravando a medida que se evidencian las consecuencias del cambio climático.

Otro aspecto brutal de los desastres naturales en los países subdesarrollados es que el desastre no es sólo el fenómeno que lo destruye todo, sino lo que viene después: la crisis humanitaria. Miles de personas que a duras penas luchaban por sobrevivir se quedan también sin su hogar y sin todo lo poco que tienen. El país invierte una serie de millones, los que puede y le inyectan, que nunca serán suficientes para remontar una situación social que ya venía defectuosa de fábrica. Y los pobres que pensaban que ya no podían vivir peor descubren que sí pueden, y que la oleada de solidaridad internacional que se produce después del desastre tiene una corta fecha de caducidad. Haití es probablemente el mejor ejemplo reciente.

Viñeta publicada en La Voz de Galicia con motivo del 5º aniversario del terremoto de Haití

Viñeta publicada en La Voz de Galicia con motivo del 5º aniversario del terremoto de Haití

A mí me duele decir que nos vamos a olvidar de Nepal, pero nos olvidaremos de Nepal. Hasta que alguien lo lleve al cine basándose en la historia real de “uno de los nuestros”. La premiada película “Lo imposible”, de J.A. Bayona, es el mejor ejemplo de que aunque la cruda realidad es lo que pasa a diario en el mundo, la historia se escribe (casi) siempre en clave occidental.