La explosión de quitarse el burka

Mujeres sirias despojándose del burka tras cruzar la frontera con Kurdistán / Fuente: @jackshahine

Mujeres sirias despojándose del burka tras cruzar la frontera con Kurdistán / Fuente: @jackshahine

Cruzar la frontera de Siria al Kurdistán occidental y decir sin necesidad de hablar “por fin soy libre”. Gritar sin voz. La imagen de la semana pasada la protagonizaron un grupo de refugiadas sirias: atraviesan la frontera, se levantan aún a bordo de las camionetas que las transportan y comienzan a despojarse de sus burkas. Debajo, sin que nadie pudiera preverlo, había rostros de mujer, expresivos y pintados de sonrisas, y una explosión de color en forma de telas encendidas y brillantes que hablan de libertad. A los diseñadores de alta costura les ha tenido que doler el trasero del impacto tras la catarsis, y probablemente les ha dado una gran idea para futuros desfiles. Las fotos serían dignas de ganar el World Press Photo por lo que ha significado el terror de Estado Islámico a lo largo de todo el año para el mundo entero, pero también y muy especialmente para las mujeres en el mundo islámico; de no ser porque las imágenes, compartidas en Twitter por el periodista sirio Jack Shahine, son capturas de este vídeo filmado por su compañero y cámara Shervan Derwish.

La simbología del burka, tan ligada a la opresión, es también un arma de protección ante un fanatismo religioso que pretende arrasarlo todo, incluso arrasarnos a nosotras del mapa de la libertad y la igualdad. Las protagonistas de las imágenes ahora son libres, pero todavía son miles las mujeres que permanecen atrapadas en Siria e Irak y cuyo mayor deseo es pasar desapercibidas ante sus captores, como si fueran ovejas de un rebaño temeroso de quién será el próximo en ser sacrificado. El burka es miedo, y el miedo es lo más incompatible con la libertad. Lo de Estado Islámico con las mujeres consiste en aplicar, sin límites ni escrúpulos, un régimen de violencia que busca la sumisión, el maltrato y la esclavitud extremas de niñas, madres y abuelas.

En la cultura musulmana el papel de las mujeres en la sociedad está estrechamente ligado a la educación y a la paz, dos elementos que producen urticaria a los yihadistas. Exceptuando las zonas devoradas por la pobreza y el analfabetismo (véase Pakistán), las mujeres universitarias ya ganan terreno a los hombres en buena parte del mundo islámico. Marruecos, Irán y Arabia Saudí son buenos ejemplos de ello. En Afganistán, el papel de las trabajadoras sanitarias, las profesoras y las activistas es fundamental en la lucha contra los abusos y la exclusión social de las mujeres. Jugándose la vida, claro está.

Fenómenos como el saudí No woman, no drive o la performance de Happy en Irán proliferan hoy con el trampolín de las redes sociales, que tuvieron su explosión más evidente durante las revueltas árabes en Túnez, Egipto o Yemen. Esos pequeños avances, que en Túnez están dando ya sus frutos en clave de democracia e igualdad, con el yihadismo sólo pueden ir hacia atrás. La alergia de Estado Islámico al empoderamiento de las mujeres ha desencadenado un tratamiento paliativo altamente nocivo. Prácticas como la lapidación, la ablación, la violación y la esclavitud sexual (también de menores), el aborto provocado a golpes o los matrimonios concertados vuelven a estar a la orden del día, incluso allí donde hacía décadas que ya no existían. Aunque todas ellas nunca han sido erradicadas del todo en el mundo islámico, lejos de dejarlas atrás, los yihadistas las están haciendo resurgir dondequiera que ponen un pie.

Muchas mujeres ya hablan de Estado Islámico como la peor atrocidad que han conocido en sus vidas, siendo las iraquíes y las sirias quienes más sufren bajo su yugo. Los periodistas autores de las imágenes aseguran que la escena de las sirias despojándose con euforia de sus burkas se repite con frecuencia. Y visto lo visto, no es de extrañar.