Son asesinatos, no daños colaterales

Personal de MSF tras el ataque al centro de Kunduz / MSF

Personal de MSF tras el ataque al centro de Kunduz / MSF

Estados Unidos asesinó en la madrugada del sábado a 22 personas en Kunduz, al norte de Afganistán. No son muchas, comparadas con los 3.700 civiles que murieron en el país en 2014. Pero eran 12 médicos de la ONG Médicos sin Fronteras (MSF) y 10 pacientes. El coronel Brian Tribus, portavoz de la OTAN en Kabul, admitía después que “el ataque puede haber causado daño colateral a un centro médico cercano”. Daño colateral. Las vidas inocentes son, en lenguaje militar, accidentes tangentes al objetivo. Gajes del oficio. Pequeños inconvenientes. Taras de la eficacia.

La ONG, de la que se puede hacer socio aquí, pide hoy una investigación imparcial e independiente que aclare lo sucedido. La aviación estadounidense es la única que opera en la zona de Kunduz, porque los talibanes no tienen los medios aéreos para hacerles frente. Y la ONG se niega a que este episodio pase como uno más al libro negro de Estados Unidos: “No podemos aceptar que esta horrible pérdida de vidas simplemente se califique como ‘daños colaterales'”, declaraba Meinie Nicolai, presidenta de MSF.

Hace 12 días que la potencia norteamericana había empezado a bombardear la zona, con ayuda de las fuerzas afganas, con la intención de desalojar a los talibanes de la región. MSF, conocedora de la situación, había proporcionado el 29 de septiembre a la coalición internacional y el resto de actores implicados en el conflicto sus coordenadas GPS para evitar cualquier ataque. El Ministerio del Interior aseguraba ayer que entre 10 y 15 talibanes se habían escondido en el hospital. La ONG lo niega y responde que sus puertas estaban cerradas y sólo pacientes y su equipo se encontraban dentro del centro. Fuera como fuese, los convenios internacionales prohíben atacar los centros sanitarios.

A pesar de la prohibición, el hospital sufrió varios ataques entre las 2:08 y las 3:15 de la madrugada del sábado, con bombardeos cada 15 minutos. La ONG denuncia que siguieron produciéndose hasta 30 minutos después de que dieran la alarma a los responsables militares estadounidenses y afganos. Uno de sus enfermeros, Lajos Zoltan, superviviente de la masacre, cuenta hoy que vio arder a seis pacientes vivos e intentó salvar sin remedio la vida de varios compañeros. Su testimonio es terrorífico.

El hospital, que sigue funcionando hoy, había tratado desde el lunes pasado a 394 heridos y en él se encontraban 105 en el momento del ataque, junto a más de 80 trabajadores de la ONG. “Era la única estructura con servicios de traumatología y cirugía en toda la región del noreste de Afganistán”, se lamenta MSF en un comunicado. Proporcionaba atención gratuita. Salvaba vidas.

Lo seguirá haciendo. Pero la investigación es fundamental porque no es la primera vez que Estados Unidos asesina a civiles dentro de una misión. Tanto, que es casi una costumbre. Tanto, que se asume como inevitable. Tanto que esta vez es Estados Unidos pero podría ser cualquier país. Bajo el mando de la OTAN, en abril de 1999, los presidentes de EEUU, Bill Clinton, Francia, Jacques Chirac y el primer ministro británico Tony Blair, dieron permiso para bombardear un edificio de 23 pisos en Belgrado, casi al final de la guerra de los Balcanes. Sabían, porque la OTAN lo estudiaba, según contaba el Washington Post, cuántas víctimas provocaría el ataque: 350, la mayoría civiles. El cálculo de las víctimas era una operación rutinaria.

En 2015 sigue siendo así. Y no debería. Sacar los malditos “daños colaterales” de nuestro vocabulario y empezar a hablar de “personas asesinadas” sería quizá, un buen primer paso.