No hemos entendido casi nada

Cazas del portaaviones francés Charles de Gaulle que llegó a la que se considera su zona de operaciones en el Mediterráneo oriental destruyeron dos objetivos del Estado Islámico (EI) en las ciudades iraquíes de Ramadi y Mosul. / Ministerio de Defensa francés

Cazas del portaaviones francés Charles de Gaulle / Ministerio de Defensa francés

Estos días cuesta asimilar todo lo ocurrido en las últimas semanas. De repente todos sabemos cómo suena La Marseillaise, qué era el Bataclán, dónde está Raqqa y que esto es la guerra. ¿Qué guerra?, me pregunto. ¿La guerra contra el terrorismo o contra el miedo? Mi compañera Claudia Morán cuestionaba en un artículo reciente si de verdad la guerra es la solución al Daesh. Una encuesta del periódico El Mundo revela que el 54% de los españoles se opone a que España se sume a las acciones militares en Siria. También en el Reino Unido la opción de apoyar a Francia está generando rechazo en sectores de la izquierda e incluso poniendo al líder de los laboristas, Jeremy Corbyn, entre las cuerdas por su contundente ‘no’ a bombardear Siria.

Es difícil saber qué debe hacerse para combatir el terrorismo, esta guerra no es cómo hemos entendido tradicionalmente las guerras, no es un estado o varios contra otros, ni es una guerra civil, ni requiere únicamente de una planificación o estrategia militar. Es Occidente contra su indeseado producto: el terrorismo yihadista. Es Europa (ahora más que nunca) y Estados Unidos contra los fantasmas de su pasado. ¿O acaso existía el yihadismo actual hace veinte años?

Más allá del debate sobre si bombardear Siria es o no la solución -un debate que, en cualquier lugar llega muy tarde- el foco no debe ponerse solo sobre Siria, también debe hacerse sobre Europa puesto que los atentados de París no se planearon lejos sino desde el mismo corazón de la UE, Bruselas. Los que conocen Francia aseguran que es un país donde el racismo y la xenofobia están presentes y donde los intentos de integración de la inmigración han sido insuficientes. El politólogo y sociólogo Sami Naïr explicaba en El País que a pesar de los esfuerzos que se hicieron tras “el incendio” de las banlieues en 2005 “estos esfuerzos no han tocado la cuestión central, que es la de la falta de inserción en el mercado de trabajo y el aumento de la pobreza de las familias”.

Queremos que los musulmanes que han nacido o crecido en Europa alcen sus voces contra el terrorismo. Pero ¿queremos que estén integrados, que tengan trabajo, que sean respetados? En una entrevista con Najat Driouech para eldiario.es, la joven integradora me decía: “Eran jóvenes que tenían nacionalidad francesa pero cuando su candidatura por un puesto de trabajo competía con un francés ya automáticamente por decirse Ibrahim y vivir en un determinado barrio quedaba fuera. Estamos hablando de una sociedad que debe ser igualitaria. Era evidente y se veía pero nadie lo quiso ver.”

La verdadera guerra contra el terrorismo empieza por ahí, por las raíces de la compleja radicalización. Y si no entendemos eso significará que no hemos entendido casi nada.  Del mismo modo que el terrorismo me asusta y me remueve por dentro también lo hace el hecho que la ultraderecha más xenófoba gane cada vez más adeptos y que nuestra memoria sea tan efímera como para querer cerrar fronteras a los refugiados e ir a la guerra sin sopesar todas y cada una de sus consecuencias.