Los venecianos intentan desmontar el parque temático en el que se ha convertido Venecia

Atasco de góndolas en Venecia / Esperanza Escribano

Atasco de góndolas en Venecia / Esperanza Escribano

Son las cinco de la tarde de un domingo de julio en Venecia, en los aledaños de la Plaza San Marcos. Un atasco de góndolas que bien podría ser una caricatura de la Asamblea General de la ONU, atestadas de japoneses, estadounidenses, británicos, mejicanos y un largo etcétera, esperan pacientes la llegada a una suerte de puerto para después alargar la espera en la cola kilométrica a la famosa catedral. La ciudad más bonita del mundo y sus canales alimentan la imagen de parque temático que corroboran las interminables tiendas de souvenirs y los restaurantes plagados de pegatinas de Tripadvisor y carteles de free wifi. No hay ni un veneciano en un kilómetro a la redonda. La población ha pasado de 120.000 en los años 60, a apenas 55.000 actualmente. Toda Venecia está ocupada por el turismo de masas… ¿Toda? ¡No! El irreductible Grupo 25 Aprile resiste todavía y siempre al invasor.

El barrio de la Academia, al sur de la Serenissima, acoge el núcleo del movimiento que quiere recuperar Venecia para sus habitantes. A principios de este mes concentraron, junto a otras organizaciones de la ciudad como FAI o Italia Nostra, a varios centenares de venecianos y repartieron entre ellos 300 “velas” -sábanas con las que el movimiento quiere simular ser una flota- con el lema “Venezia é il mio futuro / Venice is my future”, que ahora lucen en balcones de toda la ciudad. La acción responde a unas polémicas declaraciones del nuevo alcalde, Luigi Brugnaro, que en la inauguración de la Biennale de Arquitectura en Venecia, a finales de mayo y delante del primer ministro Matteo Renzi, dijo: “el futuro del municipio no está Venecia, sino en Mestre, donde está la gente que vive”.

Los ciudadanos que han conseguido aguantar el éxodo masivo -la ciudad ha perdido a 100.000 habitantes desde los años 70- se niegan a resignarse y vender sus casas a la industria turística. “Queremos que Ada Colau sea la alcaldesa de Venecia”, comienza ironizando Marco Gasparinetti, portavoz del Gruppo 25 Aprile, en referencia a las medidas que la política barcelonesa ha tomado para gestionar un turismo de masas que agobia cada vez más a los habitantes de las ciudades. “Vale ya de hoteles, queremos casas” prosigue el portavoz, que se queja de que por cada ciudadano que se va, se abre un albergue o bed&breakfast. El movimiento ha puesto en marcha un contador de habitantes: ahora son 55.000; se han ido casi 10.000 en dos años.

La desaparición de los venecianos es preocupante más allá del modelo social. El Gruppo 25 Aprile recuerda que sólo los habitantes pueden garantizar el estado de conservación de una ciudad bañada eternamente por el agua. Y no están solos en su defensa: la UNESCO, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, les ha dado un empujón con una resolución, aprobada por unanimidad el pasado 14 de julio, que supone un ultimátum para Italia: “Venecia está en peligro, no hay estrategia y el tiempo se acaba”. Según la organización, hacen falta acciones urgentes para salvaguardar el patrimonio artístico y cultural de la laguna. Los grandes cruceros atraviesan la ciudad por el Gran Canal, en una imagen grotesca que también quieren evitar los activistas que también han colgado de sus casas pancartas rechazando este tipo de embarcaciones, que levantan olas que afectan a la estructura de la ciudad. Si en febrero de 2017 no se han adoptado medidas, Venecia empezará a formar parte de la lista de los “lugares en riesgo”, toda una bofetada ya que compartiría categoría con emplazamientos como Alepo, Damasco o la Basílica de la Natividad en Jerusalén.

Una de las casas que apoyan la campaña "Venezia é il mio futuro" en el Gran Canal / Esperanza Escribano

Una de las casas que apoyan la campaña “Venezia é il mio futuro” en el Gran Canal / Esperanza Escribano

Durante los últimos años, el éxodo de Venecia a “tierra firme”, como llaman los lugareños a Mestre, la parte del municipio que se encuentra al otro lado del puente que une las infinitas islas de Venecia, ha sido tan masivo como el turismo que arrasa con la ciudad. Los venecianos desaparecen con el comercio de proximidad y una subida de precios de la vivienda casi incompatible con la vida. Hace dos semanas, en una visita de varios días a la ciudad, pude encontrar tres supermercados, un par de ferreterías y ver de cerca con qué dificultad los venecianos que resisten pueden hacer sus compras en el mercado, entre las decenas de cámaras que fotografían la fruta y el pescado a orillas del Gran Canal.

Brugnaro, el mismo que niega el futuro de los venecianos, prometió en campaña 30.000 nuevos habitantes. No era una locura. La historia de Venecia está marcada por las epidemias de peste que diezmaban a la población -sólo en 1630 la ciudad pasó de 143.000 a 98.000 habitantes- de la que sus líderes políticos se recuperaban haciendo un llamamiento en el exterior y prometiendo techo y trabajo a quienes quisieran mudarse a la ciudad más bonita del mundo. “Pero ni esas epidemias nos habían reducido así”, dice Gasparetti. Las declaraciones del alcalde tienen lugar cuando sólo faltan tres meses para que se celebre el quinto referéndum sobre la separación entre Venecia y Mestre (con diferentes porcentajes, el resultado ha sido “no” en todas las ocasiones, la última anulada por falta de quórum). Pero más allá de la protesta, en esta ocasión no hay ideas para recuperar a su población, al revés, cada vez más cruceros llegan a Venecia y sus calles se llenan cada vez de más tiendas de souvenirs. Se podría decir que hay más máscaras que personas, con todo el tono apocalíptico que acompaña esa imagen.

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