Trump va en serio y China se frota las manos

La salida de EE.UU. del TPP que promete Donald Trump podría dar a China un puesto aún más hegemónico en la economía mundial / FOTO: GTRES

La salida de EE.UU. del TPP que promete Donald Trump podría dar a China un puesto aún más hegemónico en la economía mundial / FOTO: GTRES

Desde la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos mucho se ha hablado de sus futuras políticas antiinmigración o a favor de las armas. Pero algo menos de su amenaza de romper tratados internacionales. De hecho, este último es uno de los aspectos que muchos pensaron que no cumpliría una vez comience a saborear las (amargas) mieles del despacho oval. Pero, de momento, no está siendo así. Una cosa es suavizar el tono -cosa que en mayor o menor medida ha hecho- después de la campaña, y otra muy distinta es dejar en un cajón sus promesas electorales.

Trump ha vuelto a las andadas tras anunciar que Estados Unidos abandonará el tratado de libre comercio Asia-Pacífico (TPP). Para EE.UU. y, por lo tanto, para el eje occidental -porque ya no estamos en la Guerra Fría, pero podríamos volver a estarlo-, romper este acuerdo supondría que Washington abandonará el control del que goza actualmente en la región cartográfica más oriental. Sobre todo, para hacer frente al crecimiento exponencial de China. Así, mientras el mundo mira hacia Rusia e Irán, Pekín observa con una sonrisa los pasos del presidente electo.

El TPP es para el país norteamericano mucho más que un simple acuerdo. Con solo un año de existencia, fue uno de los mayores intereses de Barack Obama (mucho más que el TTIP con la Unión Europea) para liberalizar el comercio y las inversiones en la región y abarca al 40% de las economías de todo el mundo. Australia, Brunei, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam son, junto con Estados Unidos, los países que conforman el pacto, creando así la mayor zona de libre comercio a nivel mundial. Para el país estadounidense es, tras el de América del Norte (NAFTA) -que firmó con México y Canadá-, el segundo mayor tratado del que forma parte.

Foto: JUSTIN LANE / EFE

De poco le servirá a Donald Trump castigar con aranceles de hasta el 45% a China (y México) si el país asiático adquiere una mayor hegemonía en el tablero económico. Como tampoco valdrán de nada sus apretones de manos con Putin si Moscú y Pekín llegan a un acuerdo de integración económica, que pasaría a ser el mayor del mundo, tal como podrían estar negociando. Si eso ocurriera, el orden económico mundial cambiaría drásticamente. Lo que no se sabe -porque en economía nunca se sabe nada a ciencia cierta- es si el cambio sería para bien o para mal. En cualquier caso, sin la fortaleza del acuerdo Asia-Pacífico EE.UU. tendría menos caballos de batalla para hacerle frente.
Está claro que al magnate le gusta apostar fuerte y con gran riesgo, pero en este caso está jugando con las cosas de comer. La imposición de aranceles suele desembocar en guerras económicas en las que una de las partes, si no ambas, puede salir muy perjudicada. Ya ocurrió cuando Obama aplicó un tributo del 35% sobre los neumáticos chinos en 2009. Pekín respondió imponiendo sus propias tarifas a automóviles y pollos estadounidenses y, finalmente, ambos países sufrieron pérdidas. Sin olvidar que al todavía presidente de Estados Unidos se le quitaron las ganas de volver a estar a la gresca con el gigante asiático.

Junto con la ciberseguridad y la disputa por la influencia marítima en el Pacífico, la política económica es uno de los mayores puntos de fricción entre Washington y Pekín. Este último, un interlocutor difícil que no está dispuesto a que su economía sea desbancada. Y los comentarios hostiles de Trump hacia China -llegó a afirmar que el gigante asiático roba los puestos de trabajo estadounidenses- no ayudan a que la relación entre ambos países sea cordial. Una vez que el magnate sea investido presidente, lo que pase en el futuro estará por ver.