Por qué el proceso de paz en Colombia es diferente y qué podemos aprender de él

Lágrimas tras el "no" en Colombia / EFE

Lágrimas tras el “no” en Colombia / EFE

La transición a una sociedad de paz en Colombia es prácticamente irreversible, o al menos así lo aseguran quienes participan y viven de cerca la negociación entre el gobierno y las FARC, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Este blog ha tenido el placer de asistir al seminario War and Peace in the 21st century que cada año celebra el CIDOB (Centro de Documentación Internacional de Barcelona) para conocer de cerca las claves por las que el proceso de paz en Colombia es distinto al de otras partes del mundo y qué queda por hacer.

Transparencia del acuerdo marco. Sergio Jaramillo, Alto Comisionado para la Paz en Colombia, contaba que desde el inicio de las conversaciones las condiciones fueron claras, tanto para las FARC como para los ciudadanos. Esto permitía dar a los segundos “una orientación”, explicaba Jaramillo, que debían saber en qué escenario se empezaba a negociar.

El secretismo de las negociaciones. Aunque el pistoletazo de salida fue conocido por todos, los puntos más sensibles de las conversaciones fueron herméticos. Jaramillo se felicita por el “rigor” con el que las dos partes negociaron “en un país tan mediático”, especialmente cuando recuerda cómo extrayeron de la selva a los comandantes de las FARC en colaboración con la Cruz Roja sin que saliera a la luz. Aunque no todos ven este sigilo como una ventaja. La periodista y directora de la revista Semana, María Jimena Duzán, considera que eso “contribuyó a que los grandes cambios en la génesis del acuerdo no los conociera el gran público”. Como profesional de la comunicación, Duzán sabe que la información sobre asuntos que atañen a las emociones de miles de colombianos era fundamental para que la opinión pública fuera más sensible a los pequeños grandes logros del proceso en La Habana.

Las víctimas en el centro de la negociación. Si algo diferencia este proceso de paz de cualquier otro es que las víctimas han ocupado en todo momento el núcleo de los acuerdos. Que paz y justicia avanzaran a la par. 60 víctimas acudieron a La Habana para hablar ante la mesa, “algo que no habían hecho nunca antes” especifica Jaramillo.

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La hermana de Duzán fue asesinada por paramilitares en 1991 y agradece que este proceso de paz sea distinto al que intentó el expresidente Álvaro Uribe, en el que según la periodista se buscó el desarme y no la reconstrucción. Como ejemplo de la reconciliación, recuerda el pueblo de Bojayá, donde las FARC cometieron una de sus peores masacres y donde, al mismo tiempo, ganó abrumadoramente el sí al acuerdo en el plebiscito, con un 96% de los votos. El pasado 29 de septiembre, el comandante Iván Márquez viajó a esa población a pedir perdón y el pueblo aceptó la disculpa enviando un coro de mujeres víctimas de la matanza a La Habana. Pero en aquella visita, Duzán rememora cómo los vecinos del pueblo le recitaron al comandante los nombres de todas las víctimas, una a una.

“Debemos encontrar una manera de reparar el daño con la verdad distinta de la prisión. Para las víctimas es importante que haya justicia pero también que se las repare con la verdad”, juzga la periodista. Anteriormente, con los paramilitares, Duzán valora que hubo justicia, pero después los victimarios salieron de la cárcel sin haber relatado la verdad “y no hubo reparación”. Mark Freeman, asesor experto independiente del gobierno colombiano en las negociaciones de paz con las FARC, cree que lo más innovador de este proceso fue el hecho de que las víctimas estuvieran en el centro, “un trabajo que Sergio Jaramillo hizo en el día a día”.

Construir una narrativa en la que quepa el otro. Felipe González comparó el proceso de paz con la caída del muro de Berlín y Jaramillo le da la razón en el sentido en que las conversaciones buscan derribar el muro que separa en Colombia el centro de la periferia. Jaramillo aclara que “el relato rural tiene que llegar a los jóvenes, debemos afrontar con más inteligencia los cultivos ilícitos y a la vez, reparar a las víctimas”. En esa casa en la que deben poder vivir el gobierno y las FARC, deben reconocerse las diferencias y aceptar que la paz no se hace en Bogotá, sino en las regiones. Y esa paz debe verse como un medio para reconstruir el país, institucionalizar las regiones y sustituir la desconfianza por dar voz.

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Todos a favor de la paz. Carlos Holmes, miembro de la Comisión del No y del partido de Centro Democrático de Colombia, la oposición al presidente Juan Manuel Santos, estima que el pueblo colombiano ha demostrado mucha madurez con el plebiscito. “Todos estamos a favor de la paz, pero una mayoría no está de acuerdo con algunos puntos, algo que hay que aprovechar para buscar un acuerdo mejor”, opina. Reconociendo que el presidente de la República hizo un gran trabajo sometiendo el trato a la voluntad de los colombianos sin que existiera obligación legal, también ve un riesgo en la batalla política. Algo que critica Duzán, que achaca la escasa participación a que la vieja política se llevó el debate a su terreno de luchas de poder, en vez de centrarlo en lo que la paz supone para el futuro de las vidas de todos los colombianos.

John Carlin, escritor y periodista, encontró también una de las claves de este proceso de paz que deberían inspirarnos a todos: la inteligencia y la humildad con la que el gobierno de Santos estudió otros procesos de paz y solicitó ayuda. La lucha por la paz es también la lucha eterna contra la vanidad.