Por qué Le Pen, May y Merkel no son feminismo

Le Pen, contraria a la prohibición del aborto, ha hecho una campaña en la que la apuesta por las políticas de igualdad ha brillado por su ausencia / EFE

Le Pen, contraria a la prohibición del aborto, ha hecho una campaña en la que la apuesta por las políticas de igualdad ha brillado por su ausencia / EFE

Entre los discursos más mainstream de lo que va de siglo, uno de los más repetidos en política es el de la importancia de que haya más mujeres responsables de la gobernabilidad de los Estados. Mujeres políticas, pero también mujeres empresarias, mujeres juezas, mujeres directivas.

Atendiendo a este aspecto, podría decirse que el estatus actual de Angela Merkel o Theresa May (y puede que próximamente el de Marine Le Pen) es una buena noticia. Y lo es, si tenemos en cuenta que hace muy pocas décadas era impensable que una mujer pudiese asumir la batuta de un país, cuando el hecho de que Margaret Thatcher fuese primera ministra del Reino Unido era una sonada excepcionalidad.

Todo ello radica en la necesidad urgente de que mujeres y hombres tengan los mismos derechos de acceso a las esferas de poder, lo fundamental de la eliminación del techo de cristal y el establecimiento de cuotas para asegurar que las mujeres tengamos un hueco asegurado. Pero es necesario algo más.

Los datos publicados por la ONU desvelan que las cuotas de género en política no solo garantizan la paridad, sino que feminizan la política. En otras palabras: queda patente que la presencia de más mujeres en el poder supone el establecimiento de más medidas favorables a la igualdad.

Pero si revisamos los casos europeos, reparamos en que ni Merkel ni May ni Le Pen tienen un proyecto claro y definido para trabajar por la igualdad de género. Por no hablar de las políticas económicas y el modelo social poco igualitario por el que las tres apuestan, que no solo no ha conseguido acabar con la precariedad laboral que mayoritariamente recae sobre las mujeres, sino que, a golpe de medidas de austeridad, la ha incrementado.

Con esos datos socioeconómicos en la mano, de poco sirve que la Alemania de Merkel sea pionera en el establecimiento de cuotas en las grandes empresas. Tampoco sirve de mucho que May se declare partidaria de la igualdad de oportunidades cuando, a la vez, excluye de sus planes a las mujeres inmigrantes (en su momento se opuso a que se pusiera fin a las detenciones de embarazadas en el centro Yarl’s Wood, dedicado a la deportación de inmigrantes).

La misma situación es extrapolable al apoyo manifiesto de amplios sectores a la candidata demócrata Hillary Clinton por el hecho de que se habría convertido en la primera mujer en alcanzar la presidencia de Estados Unidos. Clinton, quien aseguró durante la campaña que «no ha habido mejor un tiempo en la historia para nacer mujer», ha sido duramente criticada por su defensa de lo que se conoce como feminismo supremacista, o feminismo blanco y de clase alta.

Es el mismo aspecto que se le critica a la candidata del Frente Nacional francés, Marine Le Pen, quien tiene un discurso evidentemente xenófobo y califica taxativamente de opresores símbolos musulmanes femeninos como el hiyab. Si bien es cierto que Le Pen se mostró abiertamente en contra de la prohibición del aborto, los temas de igualdad han brillado por su ausencia a lo largo de su campaña.

Y es que, tal y como vienen sosteniendo numerosas expertas en feminismo a nivel mundial, las políticas de igualdad no sirven de nada si quienes se encargan de impulsarlas no son indiscutiblemente feministas, con todo lo que ello conlleva en términos sociales y económicos.