Una Barcelona intacta

La Rambla de Barcelona en una foto tomada en 2014 / CC by Jacinta Lluch Valero (Flickr)

“Yo no os obsequiaré con mi odio. A pesar de que lo habéis buscado, responder al odio con la cólera sería ceder a la misma ignorancia que ha hecho de vosotros lo que sois. Queréis que yo tenga miedo, que mire a mis conciudadanos con desconfianza, que sacrifique mi libertad por la seguridad. Partida perdida.”

El fragmento corresponde al libro ‘No tendréis mi odio’ (Ed. Planeta en castellano, Edicions 62 en catalán), del periodista Antoine Leiris, cuya mujer falleció en la sala Bataclan de París el 13 de noviembre de 2015. Descubrí la lectura tras escuchar una entrevista suya en la radio y me hice con ella rápidamente. Su relato, no por sereno menos escalofriante, fue durante el tiempo que lo leí, también mío.

Recuerdo perfectamente qué hacía cuando me enteré de los atentados en París. Parecía increíble que algo así pudiera estar sucediendo. No podía despegarme del televisor ni pegar ojo. Algo parecido me ocurrió con los atentados en Berlín, Londres, Niza o Bruselas, esta última mi casa durante año y medio. Todos lo recordamos.

De repente te empiezan a llegar mensajes por distintas vías y en cuestión de segundos la realidad entorpece la calma de la que estabas disfrutando en ese momento. Desde París la inocencia de esa noche no ha vuelto ya a ser la misma. Un atentado en Barcelona era esperable por muchos de sus vecinos, aunque la rutina del día a día te obliga a olvidarte de ello. Ayer el golpe fue aquí, en La Rambla, popularmente llamadas ‘les rambles’, en plural. Cerca del punto de encuentro por excelencia de muchos barceloneses: el café Zurich. 

Aunque Barcelona no es mi ciudad natal es aquí donde he vivido durante ocho años. Es en esta ciudad donde he forjado mis ideales, he aprendido a vivir en la multiculturalidad y he hecho amigos que serán amigos para siempre, como cantan con su rumba Los Manolos. Vivir en una ciudad grande (y una gran ciudad) como Barcelona, una ciudad sentida en todo el mundo, es un orgullo. Desde Gracia hasta el Raval, desde la Barceloneta hasta el parque del Tibidabo.

Pero mayor orgullo es el que en momentos como este sientes cuando quienes toman las riendas ante la tragedia lo hacen convencidos y sin perder de vista los valores que rigen y siempre regirán esta ciudad: la paz, los derechos humanos, la libertad.

Es difícil no enamorarse de Barcelona, de sus plazas, de sus colores, de su mar, de su gente. Así lo han hecho personas de todas las religiones y nacionalidades, que han encontrado en la capital catalana un lugar para sus vacaciones o (más afortunados todavía) vidas.

Barcelona es una ciudad fuerte, admirada y querida. Y es así como debe seguir, dando ejemplo, recobrando poco a poco su color, mostrando la convivencia en sus barrios y trabajando duro, como lo están haciendo desde ayer los profesionales de los cuerpos policiales o los sanitarios, entre otros.

Debemos luchar para que, aunque con el corazón encogido, sigamos con los brazos abiertos, solidarios. Para que la Barcelona que tanto nos enamora siga, a pesar de todo, unida, libre de odio, intacta.